Los blanquillos se adelantaron con el gol de Saidu, pero la fragilidad defensiva y la remontada asturiana certifican una sentencia de muerte casi inapelable
El partido dejó un instante de esperanza que se desvaneció con rapidez. El gol de Saidu adelantó al Real Zaragoza en La Romareda —rebautizada como Ibercaja— y reanimó a una afición que llevaba semanas resignada. Sin embargo, la reacción duró muy poco. El Sporting de Gijón, pese a llegar con bajas importantes como Dubasin y Otero y con varios juveniles en la convocatoria, respondió con una contundencia que dolió: remontó antes del descanso y remató el encuentro en el tiempo añadido.
El 1-3 final, unido a los resultados del resto de la jornada, dejó al Zaragoza en el puesto 21, con la permanencia convertida prácticamente en una quimera. Como se escuchó en la grada, “solo un auténtico milagro podría salvar al Real Zaragoza de la quema”.
El equipo aragonés afrontó el duelo muy mermado, con hasta trece ausencias en los entrenamientos previos y bajas de peso como Aguirregabiria, Insua, Francho, Andrada o Soberón. Aun así, Saidu —que regresaba tras sanción— logró adelantar a los blanquillos y el estadio volvió a creer por un instante. Pero en el minuto 38, tras una revisión del VAR, el árbitro señaló penalti por un derribo de Adrián sobre Corredera. El portero detuvo el primer lanzamiento, aunque el colegiado ordenó repetirlo por adelantamiento. En el segundo intento, Corredera marcó. Poco antes, Perrin ya había puesto el 1-2. El descanso llegó con el Zaragoza hundido anímicamente.
En la segunda parte, los cambios no surtieron efecto. El Sporting siguió siendo superior y rozó el tercero en varias ocasiones. Para colmo, El Yamiq se lesionó en el 87 y tuvo que retirarse. Ya en el descuento, Amadou Matar firmó el 1-3 definitivo, cerrando una tarde amarga para el zaragocismo.
El pitido final no provocó grandes protestas: solo una mezcla de apatía y resignación, el silencio de una afición que parece asumir lo que se avecina.
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